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El zika, un año después

El País 30-01-2017

Doce meses después de declarar la emergencia, queda mucho por hacer en prevención y control.

Este 1 de febrero se cumple un año desde que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declarara la epidemia por el virus del Zika una “Emergencia de Salud Pública de Interés Internacional”, o PHEIC por sus siglas en inglés. Hasta ese momento, la OMS solo había realizado una declaración de emergencia similar en tres ocasiones: por la pandemia de gripe porcina (2009), por la reemergencia de la polio (2014) y por la epidemia del ébola en África Occidental (2014).

Desde noviembre de 2016, la urgencia ha dado paso a un periodo de transición en el que los mecanismos de gestión y recomendaciones de emergencia temporales han de ser sustituidos por otros de carácter más robusto y que garanticen la respuesta a largo plazo. Es importante destacar que los últimos análisis de la OMS concluyen que la epidemia de zika mantiene su riesgo a nivel global y que los casos de infecciones por el virus continúan reportándose en nuevas regiones y países de todo el mundo.

La emergencia del virus en Brasil se asoció desde el inicio con la aparición de graves malformaciones del sistema nervioso central en neonatos potencialmente expuestos al virus durante el embarazo. Aunque el número total de casos reportados ha declinado en los últimos meses, el virus se ha propagado por toda América. Todos los países del continente excepto tres (Chile, Paraguay y Canadá) han reportado casos autóctonos de infección. En la región del Pacífico, el virus continúa circulando y se han reportado diferentes brotes en África y el Sudeste asiático, donde es muy posible que acabe extendiéndose.

Pero el impacto real sigue siendo desconocido y más de 2.000 millones de personas viven en lugares con riesgo de infección. Aunque el virus se puede transmitir por vía sexual, la trasmisión por picadura de mosquito (género Aedes) es la vía fundamental de diseminación. En lugares donde no existe un vector competente el riesgo de emergencia es mínimo y los esfuerzos deberían centrarse en identificar a aquellas mujeres embarazadas que pudieran haber contraído la infección. Ya sea tras viajar a un país con transmisión activa del virus o por contacto sexual con una persona infectada.

Pese a los avances científicos logrados en el último año, existen todavía muchas lagunas en el conocimiento sobre la enfermedad. Sabemos, por ejemplo, que la infección durante el embarazo supone un riesgo de que el feto desarrolle microcefalia y otras malformaciones neurológicas, pero no podemos cuantificar dicho riesgo ni predecir cómo evolucionará a lo largo del embarazo. Tampoco conocemos el espectro completo de los defectos congénitos, ni cómo será el desarrollo de los niños nacidos de madres infectadas, o si podrán caminar y hablar normalmente.

El diagnóstico de laboratorio de la infección sigue limitándose a los centros especializados, lo cual constituye un gran reto en lugares con recursos limitados. Aunque existen varios estudios prometedores, aún no contamos con una prueba diagnóstica rápida para el terreno que haya demostrado ser suficientemente sensible y específica.


Hasta la fecha, conocemos la existencia de dos linajes del virus —el africano y el asiático—, siendo este último el responsable de las actuales epidemias del Pacífico y de América. Más aún, las complicaciones graves como las malformaciones congénitas o los síndromes neurológicos solo se han visto asociadas al linaje asiático. Hay cierta evidencia de que la inmunidad obtenida tras la infección por uno de los linajes protege frente al otro, algo que no pasa, por ejemplo, con el virus del dengue.

Sin embargo, desconocemos cuánto tiempo dura la inmunidad frente al zika después de haber sido infectado por cualquiera de los linajes. Esta cuestión es clave en la consecución de una eventual vacuna efectiva frente a la infección. A día de hoy, varios candidatos a vacuna se encuentran en fase clínica, aunque en el mejor de los casos todavía serán necesarios 2 a 4 años que una vacuna llegue al público. De forma similar, un número limitado de fármacos ha mostrado tener actividad antiviral en el laboratorio, aunque el camino es todavía relativamente largo para llegar a tratar a mujeres embarazadas, el grupo más vulnerable frente al virus.

La epidemia se ha unido a la ya compleja “ecología” de los arbovirus (virus transmitidos por artrópodos). En las últimas décadas hemos sido testigos de la emergencia y expansión global de las infecciones por estos virus, incluyendo dengue, chikunguña, virus del Nilo Occidental o fiebre amarilla, las cuales tienen en común como factores predisponentes la “triada” del mundo moderno: urbanización, globalización y movilidad internacional. Las enfermedades por arbovirus han pasado a formar parte prioritaria de la agenda mundial de salud pública.

Pero esta priorización debería ir unida a un apoyo adecuado a la investigación e implementación de medidas de salud pública que mejoren la prevención, preparación y respuesta. La combinación de intervenciones que hayan demostrado ser eficaces frente a múltiples arbovirus es la estrategia que garantiza una mejor relación coste-efecto y una mayor sostenibilidad. Sin embargo, es importante destacar que esa financiación no debe ser “redirigida” desde otros programas, a expensas de fondos para enfermedades de gran relevancia como por ejemplo malaria, VIH o tuberculosis.

Otro aspecto clave es el flujo de comunicación entre la comunidad científica, las autoridades y la población general. Dicha comunicación es necesaria para una adecuada gestión de la información que implique dar soporte a las estrategias de prevención y respuesta, así como evitar las reacciones de exagerada alarma.

La humanidad se encuentra bajo la amenaza constante de la emergencia de nuevos agentes infecciosos. Es fundamental establecer nuevas alianzas internacionales que favorezcan la combinación de esfuerzos multidisciplinares y de recursos para garantizar respuestas más rápidas y eficaces contra las enfermedades emergentes y reemergentes